27 jun. 2011

Nuestros Tiempos

“Es la hora del tiempo”

Fernando Rivera Calderón

Estaba en mi tiempo de amigos, conversando con gente conocida, desconocida y con aquellas personas que por alguna razón cambian de grupo, es por algo, no pasa solo porque estaban ese día en ese lugar y alguno de los dos tomo la iniciativa para conversar, están ahí y los distingues ves con quien puedes tener algún tema en común para poder hablarles. Y también estaba ella con su tiempo sincronizado al mío no buscábamos otra cosa que no fuera pasar un buen rato con los amigos, y los amigos de los amigos, extrañamente ella era amiga de mis amigos, y aunque no había tema en común, parecía interesante la forma en que se comportaba, parecía pasarla bien y disfrutar el momento, solo distraía mi mirada viéndola, aunque no me interesaba la veía y viceversa.

Llego nuestro tiempo de conocernos, seguía sin haber ese tema en común, ella, aunque hablaba mucho, poco contaba sobre sus intereses, parecía que tenía miedo de que alguno la juzgara o de echar a perder alguna relación de amistad por contar de sus gustos que podrían no ser los mismos que los de la mayoría, ese miedo o desconfianza era contrastante con su apariencia que demostraba ser segura y de un carácter firme, y a mí, aunque habíamos pasado a el tiempo de acercarnos, seguía sin interesarme. Ella seguía siendo la misma que había conocido y todo mi ser estaba consciente de eso, un personaje más en mi vida que se había unido a mis amigos de los que se que no puedo esperar mucho y que se olvidarán.

El tiempo había transcurrido ya eran semanas, tal vez hayan pasado meses y yo seguía en lo mismo mi tiempo de estar tranquilo, sin preocuparse por agradarle a alguien, solo ser yo mismo y por lo tanto ser feliz, pero su tiempo si había cambiado, ya no era el mismo que el mío y ella trataba de sincronizarlo, confundido, ya no sabía que pensar, mi reloj se adelantaba para poder seguir su ritmo, logré detenerlo, pero la maquinaria tan exacta que tenía llevando mi tiempo empezó a fallar.

Falló tanto que mi tiempo cambió bruscamente, tuve que acercarme a ella para ver la hora en su reloj y recordarla ya que se volvió importante. Al fin nos volvimos a sincronizar pero el tiempo había cambiado, ya no era el mío ni el suyo, ya era nuestro tiempo, y seguía confundido, mi reloj quería regresar a estar solo, sentía que a veces no llevábamos el mismo ritmo.

Se lo tuve que decir, lo pensó y se dio cuenta que su reloj también estaba un tanto extraño y no sabía si podíamos seguir a ese paso, después, dijo aquella frase tan irónica “Vamos a darnos un tiempo”. Esas palabras me hicieron darme cuenta de que nuestros relojes nunca estuvieron a la par, y que eso era lo que hacía dudar a mi reloj, era la razón por la cual quería ver la hora en el suyo.

Y sigo contando las horas que han pasado desde aquella frase para saber cuánto es “Un tiempo” y poder pedir mi tiempo cuando mi reloj falle y lo necesite para arreglarlo.

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