4 jul. 2011

El Árbol de las promesas

Nos habíamos prometido tantas cosas que era casi seguro que se nos olvidarían la mitad, mientras no fuese la mitad más importante no había problema, así que en hojas verdes, escribíamos cada promesa con su respectiva fecha. Cada que se cumplía una promesa sin importar de que mitad fuera, tomaba la hoja donde estuviera apuntada, sabía que esa promesa estaba madura y que podía cosecharla y comerla juntos.

Estaba también la otra parte, la de promesas sin cumplir, las que se iban olvidando y marchitando, se pudrían, se caían al suelo y empezaban a apestar, y aunque estaban en el suelo como las maduras, era imposible tratar de disfrutarla, simplemente no tenía que haberse hecho esa promesa para evitar el hedor que emanaría después de podrida.

Las hojas estaban sujetas a un tronco firme que tiempo atrás habíamos sembrado, con cada promesa cumplida, se iba haciendo más fuerte, pasó de ser una rama pegada al suelo a ser un árbol firme, con tantas hojas que tenía, debía serlo si no, en cualquier momento se vendría abajo.

Sin darnos cuenta de cómo pasaba el tiempo, fuimos notando que las hojas se teñían de naranja, que cada vez las promesas eran menos, ya casi todas estaban en el suelo, y aunque las barría para que no se juntaran tantas, caía una tras otra, como una melancólica lluvia del atardecer cuando el cielo se pone rojo, era inevitable, el otoño había llegado y con él, los fríos que anunciaban el invierno.

La nieve empezó a caer fuertemente, desde mi ventana veía al árbol que poco a poco se iba cubriendo de nieve y cada vez con menos hojas. Salí de mi casa en medio de la ventisca a colocarle una hoja mas, te vi que también habías salido a colocarle una hoja, las pusimos, sonreímos y regresamos a nuestras casas, en las hojas solo decía “Resiste, la primavera no tarda

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